La indecisión

Ignacio entró al bar y se sentó en el lugar de siempre. El bullicio se silenció, repentinamente, cuando la vio. Supo de inmediato que se trataba de ella. El pelo oscuro le caía ligeramente más allá de los hombros. No era como la había soñado, pero últimamente no creía ni siquiera en los sueños. Su boca era una fresa madura. Tampoco tan bella como la había imaginado, pero exhalaba una delicada sensualidad. Quiso acercársele, conocer su voz, pero la indecisión y cierta clase de abismo se anteponían ante el deseo. Reconocía la electricidad que había en su cuerpo, un abrupto encantamiento que, casi, no podía manejar. Ella parecía ausente, con su mirada fija a través de la ventana. El, se preguntaba si ese imán poderoso, que lo arrebataba como fuerza invisible, no era más que una mera ilusión. Perturbado, acomodó su asiento en la barra, y por un momento le dio la espalda dedicándose a beber su fernet con cola. Acariciaba el vaso, como si fuera una bola de cristal, un oráculo que le diría cuáles serían las mejores palabras para comenzar una conversación. Luego de un par de minutos, se volvió hacia ella, decidido a acercarse, cuando se dio cuenta que la mesa estaba vacía.Salió corriendo hacia la calle para alcanzarla pero no había ni rastro. Desesperado corrió hacia la esquina, inútil, la tarde se fue con ella.

Después de ese día, más de una vez regresó al bar, pero nunca volvió a verla.

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