Ecuación mínima

Ni subido a una escalera conseguiría besarte, pensé. Tus manos se acercaron a las mías y, aunque me buscaste la mirada mientras señalabas algo en el cuaderno, sólo atiné a esconderme detrás de un gesto serio, como concentrado. De ser el mundo una fábula de fantasía, o el más abominable de los cuentos de terror, ni lo hubiera percibido. El entorno era una postal que se reducía a una ecuación mínima. Ese no se qué de tu voz y el dulzor de aquel perfume. Tal vez, imaginé, cuando sea más grande, y ya no seas mi maestra vendré a buscarte, y tú seguramente sonreirás.

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